El futbolista que rompió el molde

El futbolista que rompió el molde
Lora, de espaldas observando El Molinón, justo después de su último partido con el Sporting, tras la eliminación en el 'play off' frente al Valladolid del pasado domingo. / R. S. G.

Nacido goleador, catapultado de mediocentro a lateral, Alberto Lora dice adiós al Sporting tras doce años

Javier Barrio
JAVIER BARRIOGijón

Un año después de aterrizar en el primer equipo, puede que dos, Alberto Lora se levantó un día deseando que lo engullera la tierra. Aquella mañana no sonó la campana del despertador. O no la escuchó. Se había dormido. Y llegaba tarde al entrenamiento del Sporting. Cuentan los que le conocen, enfatizando siempre su elevado grado de responsabilidad desde bien pequeño, que lo pasó francamente mal. Ya en Mareo se acercó a Manuel Preciado, que en aquel momento era el entrenador, para disculparse. «¡Lárgate, que no te quiero ni ver delante!», le espetó el preparador cántabro con su vozarrón.

Con aquel malhumorado técnico, 'culpable' de su debut en Segunda un 28 de octubre de 2007 en un partido frente al Celta, siempre se sintió en deuda 'Lorita', como le conoce todo el vestuario y buena parte de la hinchada rojiblanca. El mismo jugador que hace una semana, ante el Valladolid, se despidió del Sporting con amargura por lo cruel del desenlace. En el retrovisor deja un inmenso legado: 265 partidos, un ascenso determinante a Primera y varias permanencias. En total, diez temporadas de pertenencia al primer equipo rojiblanco. Doce años desde que cruzase una tarde los muros de Mareo en compañía de su madre, Ana, y su hermano mayor, Enrique. Su padre, también Enrique, se había quedado en Móstoles, donde nació y creció Lora. «No pudo venir. Trabajaba y salíamos a media mañana hacia Gijón», recordaba el defensa a finales de mayo en EL COMERCIO. «Fue el primer día en el que le vi soltar lágrimas de pena porque me iba», recalcaba, confesando en las mismas líneas sobre su relación con Preciado que «el corazón siempre me dirá que fue el mejor entrenador que tuve».

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En Gijón, Lora experimentó toda una vida concentrada en poco más de una década. Tuvo tiempo de alcanzar la madurez personal y profesional. De abrazar la capitanía del Sporting y hasta de cambiar de estado civil. De ser un adolescente 'pelado', viviendo de alquiler en Nuevo Gijón, hasta convertirse en el respetado futbolista -también 'pelado'- que se despidió el domingo, establecido ya en un piso de Roces, cuna de grandes jugadores como Juanele o Cote. Con este último compartió habitación en las concentraciones del equipo durante mucho tiempo. De esa convivencia quedan, además de una gran amistad, los 'piques' de madrugada por la F-1. Por lo demás, nunca ha querido alejarse de las instalaciones del Sporting. «Siempre he estado cómodo viviendo cerca de Mareo», recuerda.

Paseos por la ciudad

En su día a día, con un destino futbolístico todavía por concretar -desde hace tiempo le seducía la idea de jugar en el extranjero, quizá en Estados Unidos, si no podía seguir en Gijón-, Lora echará de menos sus paseos por el Muro, al lado del Cantábrico. O respirar la tranquilidad del Parque de La Providencia. Siempre en compañía de su mujer, Isabel, de raíces asturianas (sus padres son de Ujo) y gracia malagueña. Al lado, la mascota de los dos: un perro de raza 'Shiba inu' que en julio cumplirá cinco años y al que bautizaron con el nombre de 'Yaiko'. También le faltarán sus reuniones semanales con la banda de 'Los Atropellapatos', con la que solía comer los lunes. El grupo original lo formaban Carmona, Guerrero y él. Luego se unieron algunos compañeros de vestuario más, como Cuéllar. Incluso Canella, uno de sus mejores amigos.

Sin pretenderlo, Lora se ha convertido en un rebelde durante todo este tiempo. Un portador de los valores de siempre. En Mareo cultivó su amor por la tradición más pura. Por el fútbol de toda la vida. Sirva como anécdota esa conocida resistencia suya a algunas tendencias del deporte moderno. Siempre diferente, posando en la fila de abajo de cuclillas antes de los partidos. Como los jugadores de antes. Una especie en extinción en las fotos de hoy. La única resistencia que no pudo vencer fue la que le encasilló como lateral, aunque se viera más como mediocentro.

Eso y su pundonor engancharon a un amplio sector de El Molinón, que subió el volumen cuando cerró su contador de goles a finales de mayo con aquella detonación que produjo en el arranque del encuentro ante el Granada. Su mujer estaba en la grada. Para ella y su futura hija, la dedicatoria. Tan distinto ha sido siempre este pequeño gran futbolista que nació goleador, creció como mediocentro y se profesionalizó como lateral derecho. El arquitecto de una metamorfosis tan radical fue Preciado, ideólogo de aquel histórico marcaje a Albert Crusat, un velocísimo extremo que jugaba en el Almería. En aquel duelo saltaron chispas, producto de la impotencia del catalán, puro nervio, agobiado con el mostoleño.

Con su marcha no podrá, eso sí, cumplir su sueño de iniciar y concluir su carrera en el Sporting. Otro intento de resistencia a las modas del fútbol moderno, más tendiente a la 'infidelidad'. «Me voy muy orgulloso de todo lo que conseguí con la rojiblanca y sintiéndome como un sportinguista de toda la vida. Soy madrileño de nacimiento, pero me siento un asturiano más y, en concreto, un gijonés, gracias al cariño y al buen trato que he recibido por parte de la afición durante todos estos años que he estado aquí», remató este viernes. El adiós lo tiene bien digerido. Aunque como reivindica una estrofa de 'Si te vas', el popular tema de Extremoduro que escogió hace un año para el baile de su boda en Somió, su corazón desearía poder empezar de cero.

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