«Después de todo lo luchado no podemos quedarnos a las puertas»

«Después de todo lo luchado no podemos quedarnos a las puertas»
Elena, María Dolores, María, Helenca y Eva, con los jóvenes Nerea, Lucía y Julián en primera fila, con la portada de EL COMERCIO tras el ascenso del Sporting liderado por Abelardo desde el banquillo. / ARNALDO GARCÍA

El sentimiento sportinguista une generaciones y hogares que empujan para hacer realidad el ascenso

Iván Álvarez
IVÁN ÁLVAREZ

«Porque este año subimos a Primera y pobre del que quiera robarnos la ilusión», se arranca a entonar Elena Alonso, que grita tras finalizar la estrofa que puede «seguir con todo el repertorio de El Molinón». Dan al cántico un sonido coral Eva Pérez, María Dolores García, María y los pequeños Julián, Nerea y Lucía, vestidos de rojiblanco para ilustrar que el amor al Sporting ejerce como un fortísimo nexo de unión entre las distintas generaciones.

Los ocho aficionados sportinguistas, expectantes ante el desenlace de la temporada en Segunda con su equipo en la lucha por el ascenso, calientan sus gargantes con un breve simulacro de la técnica que emplearán el domingo para empujar al conjunto dirigido por Rubén Baraja hacia la victoria y escalar el último peldaño de la escalera que conduce a la cima del fútbol español. «Somos de la gran familia rojiblanca», señala con una sonrisa Elena para indicar que es el fútbol y no un lazo sanguíneo el que le une a sus acompantes María Dolores, Helenca y Lucía, encargadas de incluir en la línea sucesoria la fidelidad al equipo gijonés. De abuela a nieta, en las tres brotó y continúa latente un amor por el equipo gijonés que se antoja imperecedero.

«María Dolores es mi madre y yo soy la madre de Lucía», explica Helenca, el eslabón intermedio en esta terna femenina, que forma un árbol genealógico con El Molinón como hogar futbolístico. «Después de todo lo remontado no podemos quedarnos a las puertas», indica Eva sobre su deseo de ascenso aludiendo a las doce jornadas que el equipo rojiblanco encadenó sin derrotas, desde mediados de febrero hasta el inicio del mes de mayo.

Con cierto temor al Zaragoza tanto por el potencial del conjunto maño como por la poca prudencia de Javier Tebas a la hora de pronunciarse sobre las opciones del conjunto maño se pronuncia más escéptica María Dolores, que acumula décadas de contraste de sensaciones con su equipo. El mismo carrusel de emociones que vivió desde que comenzó a apasionarse con el balón Julián, al que se le van las manos para bailar con cierto disimulo el 'Swish Swish', ese baile de ritmo fulgurante que arrasa entre todos los niños y adolescentes después de que surgiese en un pueblo estadounidense del estado de Georgia hasta convertirse en un fenómeno viral en todo el mundo con la complicidad de varios artistas internacionales.

La huella del Villamarín

En sus doce años de vida, Julián ya ha comprobado el sufrimiento aparejado a la afición sportinguista con varios sinsabores, aunque su optimismo pueril rápidamente aflora cuando sale a colación una de las grandes alegrías del sportinguismo. Esperanzado en eliminar al Valladolid, una sonrisa se apodera de su joven rostro cuando habla del triunfo que desembocó en el ascenso a Primera en el Benito Villamarín. Por eso una de las páginas que observa con mayor atención cuando visita la hemeroteca de EL COMERCIO es la portada de este diario el 8 de junio del 2015, tras la frenética tarde entre Heliópolis y Girona que desató la explosión de júbilo en Gijón.

Igual que Julián, observa embelesada la foto de la celebración del último salto a Primera Nerea, unos meses menor que él. Su camiseta rojiblanca y su bufanda de la Peña Sportinguista Maliaya muestran una lealtad sportinguista bien forjada pese a su corta edad, que contrasta con los 61 años de María, encargada de acompañarla en una reunión en la que la benjamina es Lucía con apenas siete primaveras. Más de medio siglo de vida que se difumina hasta eliminar todo rastro de barrera que les aleje respecto a su forma de entender la vida, en la que siempre hay hueco para el apoyo al conjunto rojiblanco.

Una idolatría que ha llevado a recorrer infinidad de kilómetros a Eva Pérez, enrolada en la estructura de la Federación de Peñas Sportinguistas y habitual en los desplazamientos de la 'Mareona', que lamenta que el Valladolid remitiese a Gijón poco más de quinientas entradas. Un reducido lote que le impidió animar a su amado equipo desde las gradas del estadio blanquivioleta.

Todavía con el sabor amargo de la contundente derrota sufrida en tierras pucelanas, el sportinguismo ya piensa en darle la vuelta a la eliminatoria a orillas del Piles. Para lograrlo, deberán apelar más que nunca a esas palabras del himno del club en el que afirman que la fe no debe decaer. De ello depende la felicidad de una afición que tiene asegurado el relevo, como atestiguan Julían, Nerea y Lucía. Ellos, exponentes de la 'Generación Z', quieren celebrar el segundo ascenso de un equipo al que han entregado su ilusión como lo hicieron décadas antes quienes encendieron en su corazón la pasional llama rojiblanca.

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