El Molinón, para siempre de Quini

Moriyón, Sanjurjo y los presidentes del Principado y del Sporting. :: A. G.

La despedida de 'El Brujo', que congrega en El Molinón a miles de personas en una dolorosa jornada, elimina las barreras y las rivalidades. La Corporación municipal acuerda que el campo rojiblanco pase a denominarse Estadio El Molinón-Enrique Castro Quini

Javier Barrio
JAVIER BARRIOGijón

El último remate de Enrique Castro, Quini, resultó el más certero de su vida en el área. También el más triste y desolador. Llorado por todo el país. Y, sobre todo, en su Gijón del alma. De cualquier rincón de El Molinón, su casa, rebautizada desde ayer con su nombre tras el acuerdo alcanzado «en un segundo» -en palabras de la alcaldesa Carmen Moriyón- por toda la corporación municipal, brotaban lágrimas. Se imponían los ojos encharcados.

Aunque, detrás de la pena, el mito dejaba una última lección: Sporting-Oviedo, Barcelona-Madrid, partidos políticos históricamente antagonistas, personas enemistadas por distintas circunstancias... Todos se abrazaron por el mismo sentimiento de vacío. Por obra y gracia de 'El Brujo', el más potente pegamento de rivalidades. No podía ser de otra forma con un genio que nació en Oviedo, creció en Avilés y vivió en Gijón hasta los 68 años. «Fue el Cristiano o Messi de su época, pero con la diferencia de que a Quini le podías dar un beso y uno de verdad. No despedimos a un jugador, sino al mayor icono futbolístico de Asturias y casi de España», confirmaba Esteban, exportero del Oviedo. A corazón abierto.

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No hubo reproches. Ni rencillas. Cualquier sentimiento de esa naturaleza perdió el sentido tras el repentino fallecimiento el martes, a consecuencia de un infarto, de un futbolista colosal. Una persona extraordinaria, sin edulcorar, ascendida directamente al santoral. «Para nosotros era lo máximo», acertaba a decir entre sollozos Cundi, representante de una generación dorada de amigos de la que formaba parte 'El Brujo'.

Solo hubo duelo en El Molinón, lleno hasta la bandera para albergar la capilla ardiente, desde el mediodía, y una misa, por la tarde, que pasará a la historia por su dimensión. Su esposa, Mari Nieves, y sus hijos, Lorena, Jorge, Enrique y Óscar, además de su hermano Falo, fueron inundados por esa ola de cariño, respeto y apoyo por tan gigantesca pérdida. «Muchas gracias por portaros tan bien, de verdad», repetía una y otra vez el último de la legendaria saga de los hermanos Castro. El Ayuntamiento de Gijón, una ciudad hacia la que ayer apuntaban los humedecidos ojos de todo un país, guardará tres días de luto. Con todos los honores.

El día más invernal

El día después de la fatalidad fue triste en todos sus extremos. Amaneció el cielo plomizo, con copos de nieve salpicando las aceras. Posiblemente fuera la jornada más despiadada y desapacible de todo el invierno. La bandera en Mareo ondeaba a media asta, mientras el club guardaba un minuto de silencio en el campo número 1 antes de que los jugadores rompieran a sudar en el entrenamiento del primer equipo. No hubo más que ese rato de fútbol en Gijón. Todos los clubes de la ciudad suspendieron sus entrenamientos. En Mareo presidía la silenciosa escena, quebrada por un aplauso final, Javier Fernández, junto al resto del consejo, los futbolistas del Sporting y del Sporting B, el cuerpo técnico y los trabajadores. Cabizbajos, abatidos. Rotos por el dolor.

Salvo por esa escena, no había ni un alma en las instalaciones rojiblancas, normalmente invadidas por habituales, curiosos o aficionados de paso. Todo el ruido y movimiento estaban en El Molinón, rodeado en su perímetro por una serpenteante e interminable cola de miles de incondicionales que aguardaban su turno, pese al frío, para presentar sus respetos a la familia de Quini. El volumen de su muerte traspasaba fronteras. «Fue un jugador que ayudó al fútbol español a ser lo que es ahora», observaba Pep Guardiola desde Manchester, constatando su grandeza.

En la puerta 9, su número, se levantaba un improvisado altar. «Solo puedo decir que el primer mensaje que recibía cuando el Oviedo ganaba era suyo. Eso ya dice lo grande que era», desvelaba Anquela, encabezando una delegación del equipo azul con varios jugadores. Por allí también se dejaba ver Mel Villa, padre de 'El Guaje'. «¡Ahora, ahora, ahora Quini, ahora!», se arrancaba algún espontáneo fuera. Ya se echaban de menos sus guasas y sus inesperados pellizcos que hacían saltar al damnificado como un resorte.

Vestido de riguroso luto, en la misa de despedida de la tarde, El Molinón aguardó a la entrada del féretro de 'El Brujo' con el 'Canon de Pachelbel' como doloroso hilo conductor. Salió al verde Quini escoltado por Joaquín, Morán, Ferrero, Cundi, David y compañía. Incluso por Dani, exfutbolista del Athletic. Más de 14.000 personas, entre ellas Luis Enrique, Rexach, Amancio, Butragueño y una representación mayúscula del fútbol nacional de mayor pedigrí, le despidieron en una ceremonia oficiada por Fernando Fueyo, el capellán del Sporting.

No había hueco para tanto sentimiento y tanta ofrenda floral. Todos los clubes unidos en una interminable hilera de coronas. Desolados por la partida del más grande; uno que habría torcido el morro con tanta expectación hacia su persona. Este mediodía ya será enterrado en el cementerio de La Carriona, donde descansa toda su familia. Hasta siempre, Quini. No tienes rival.

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