Tan legendario como Zarra

Jesús Castro y Quini, con la camiseta del Barcelona. / PUCHE
Jesús Castro y Quini, con la camiseta del Barcelona. / PUCHE

Quini era un ser y un amigo excepcional, de los que ya casi no quedan y de los que esta España nuestra tanto necesita

En esta España tan, digamos, convulsa que tenemos, se nos han ido en poco más de una semana dos personas maravillosas que entrarían casi en la categoría de santos. Me refiero a Forges y a Quini. En su vida -y sobre todo en su trabajo- predomina un sentido de la verdad. Uno dibujaba chistes y el otro metía goles, pero estaremos de acuerdo en que ambos dieron un significativo ejemplo de bondad.

Habría que extender esta consideración al hermano de Quini. Los hermanos Castro fueron personas maravillosas. Recordemos que Castro, portero titular del Sporting, murió en una playa tratando de salvar a unos niños. Estaba de vacaciones, con su mujer y sus hijos, y vio cómo unos muchachos se metieron en una zona de remolinos muy peligrosa. Sacó a uno, sacó al segundo y, cuando iba a por el tercero, ya no pudo más. Esa madera casi heroica de gente de bien la tenían Quini y su hermano y es lo que más necesitamos ahora en España.

Mi primer contacto con Quini fue cuando estaba en Segunda división, en el Sporting de Gijón, adonde llegó procedente de Ensidesa. Al subir a Segunda ya se peleaban con equipos serios. Y pronto, en los setenta, llegaron a Primera. Por cierto que el entrenador del Sporting de entonces, Carriega, ha fallecido la semana pasada. De aquella época gloriosa nunca olvidaremos a Quini y a Valdés. Y en lo más alto tenemos los asturianos a Herrerita, Quini y Villa, que fue también el máximo goleador con la selección.

Cuando empecé a rodar «Volver a empezar» en Asturias fue cuando comenzó mi mayor cercanía con Quini, una hermosa amistad. Nada más llegar algo me sorprendió: estaba todo el Principado lleno de carteles que decían: «Quini, no te vayas». Pero no solo Oviedo, Gijón y Avilés, también las aldeas, en todos lados se le pedía lo mismo, porque acababa de fichar por el Barcelona, un fichaje espectacular de 100 millones de la época.

Y en Barcelona fue también muy querido, ¿cómo no? Allí le tocó vivir, sin embargo, la experiencia durísima del secuestro. A cualquier otro le habría marcado algo así, pero él, siendo como era tan buena persona, no solo no se enfadó, sino que perdonó a los tipos que le habían tenido un mes metido en un zulo miserable. Por si esto fuera poco, fue siete veces Pichichi. Lo había sido con el Sporting de Segunda, con el de Primera y volvió a serlo con el Barça, porque era un prodigio, un delantero tremendo. Quini ha sido querido en todos lados, en todas las ciudades de España se le aplaudía, en eso ha sido tan legendario como Zarra.

Yo creo de verdad que tenía algo de Santo. Me duele mucho su pérdida, y este final dramático, después de haber superado un cáncer con tanta entereza. Era un amigo y un ser excepcional, de los que ya casi no quedan y de los que -repito- esta España nuestra tanto necesita. Era un tipo capaz de evitar que surgieran conflictos. Cuando jugaba era el que se acercaba a la mínima tensión y eliminaba las aristas para que el juego continuase.

Si vuelvo a Gijón me gustará ver que le ponen su nombre a una tribuna, a una grada, a un estadio. No podemos olvidarle, rindámosle ese homenaje que tanto merece. Para mí era una delicia llegar a Asturias y quedar con él y con José Manuel Fernandez, que fue capitán del Sporting y luego directivo. Para mí es un hermano y Quini era un hermano para él. En aquellas comidas y aquellas cenas en las que tan bien lo pasábamos, además de amistad, Quini derrochaba su gran sentido del humor.

Siempre le recordaré, grande como persona, y gigante en el deporte, como un jugador irrepetible. Por algo le llamaban «El Brujo». A veces cuentan que si andaba alicaído en el banquillo o con dolores de espalda o algún golpe, le decían: «Anda, sal y mete un gol». Y se acababa el problema, el dolor y no fallaba. En los últimos años jugó en una posición más retrasada, como Uwe Seeler. Era increíble.

Me viene a la memoria un día lejano en el que estaba entrenando y yo le miraba desde la grada. Se situó en el centro del campo en medio del redondel. Tiró el balón a lo alto con el pie y, según caía, remató de cabeza y acertó en el centro de la portería. No es que llegara muy fuerte, ¡pero llegaba bien! Es como si tuviera el hueso más denso, porque ¡cómo remataba de cabeza! Y ahora se ha ido. Y nos llena su memoria. ¡Cuántos recuerdos!

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