Canal Sporting

El intento de Osasuna por frenar la avalancha rojiblanca no tuvo el efecto deseado. Patxi Izco no daba crédito desde su ubicación en el palco. El Reyno de Navarra tenía grietas y recordaba, por momentos, a El Molinón. «¡Te queremos, te adoramos, Real Sporting de Gijón!», se escuchaba una vez sí y otra también en las gradas del feudo 'rojillo', un infierno ambiental en condiciones normales, pero que ayer se apagó de forma repentina por las sacudidas de la 'mareona'.
Las calles de la capital navarra se tiñeron de rojiblanco durante todo el fin de semana. Desde la tarde del sábado. En las terrazas y en los restaurantes más céntricos de Pamplona se hablaba con acento asturiano. No en vano, unos 2.000 aficionados habían desembarcado en la ciudad, aunque sólo la mitad pudo acceder al campo.
En el Reyno de Navarra, la 'mareona' se difuminó en la grada. Las limitaciones del aforo en el feudo de Osasuna impedían ver el gran mosaico rojiblanco que se intuía con el millar de aficionados que presenciaron el encuentro.
Alguno se quejaba por el coste de la localidad en la que se encontraba. «Hemos pagado 50 euros y estamos colocados en el quinto pino», mascullaba un aficionado, visiblemente enojado.
Comenzaba el encuentro. Los goles de Barral y Diego Castro subían las revoluciones de los aficionados rojiblancos, que rugían y se indignaban con el arbitraje de Medina Cantalejo, uno de los mejores efectivos que tuvo ayer Osasuna. «¡Manos arriba, esto es un atraco!», gritaban enrabietados los seguidores del Sporting, después de que el colegiado le anulara, de forma incomprensible, otro gol a David Barral, el segundo que le escamoteaba.
Una deuda con Roberto
La nota negativa la ponían un reducido grupo de aficionados rojiblancos que tacharon a Roberto de «pesetero» por marcharse a Pamplona, pero que se encontraron con la desaprobación unánime de todos los que se ubicaban en esa zona del campo.
El guardameta de Chantada, muy querido por el sportinguismo, como quedó reflejado en el partido de ida, fue uno de los principales responsables de la afluencia masiva de público visitante en la grada del Reyno de Navarra. Solicitó un número importante de entradas a la entidad 'rojilla', lo que le supuso numerosas críticas en Pamplona. Paradójicamente, un porcentaje bastante amplio de ese grupo de personas que le censuraban se habían beneficiado de las gestiones realizadas por el guardameta.
Mientras, en el campo, el resultado estaba visto para sentencia. El partido terminó con algún tímido silbido hacia el palco, pero con el grito del bando ganador enmudeciendo cualquier protesta: «¡Sporting, Sporting, Sporting!».


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