Sporting

El Molinón se vuelve indiferente

El Molinón presentó una respetable entrada, con 21.752 aficionados desafiando al frío y a la lluvia en la grada del estadio, para animar al equipo en una jornada que se anunciaba crucial                    ante el Alavés.
El Molinón presentó una respetable entrada, con 21.752 aficionados desafiando al frío y a la lluvia en la grada del estadio, para animar al equipo en una jornada que se anunciaba crucial ante el Alavés. / JOAQUÍN PAÑEDA
  • El aficionado, que comenzó la cita con la pintura de guerra, ya estaba desmaquillado al descanso del choque

  • La grada, desencantada, se vacía a falta de un cuarto de hora para el final del encuentro

Había solicitado Rubi la versión más visceral de El Molinón, que volvió a ponerse la pintura de guerra para una cita cumbre en el calendario, aunque le sirvió de bien poco. En el intermedio ya estaba prácticamente desmaquillado y descabalgado de la batalla. «Ha sido el peor partido de la temporada», concluía un conocido sportinguista a la salida de El Molinón, que comenzó a vaciarse a falta de quince minutos para el final. Cuando quedaban cinco, el plástico de la butaca vacía ya se imponía con demasiada contundencia en el paisaje, con apenas unos centenares de seguidores pegados a sus asientos que despidieron al equipo con frialdad e indiferencia.

Tiene que recalcular la ruta otra vez la grada, cada fin de semana más desencantada y vacía de inspiración, porque encontrar un argumento favorable para confiar en la supervivencia se ha convertido en un verdadero acto de fe, exclusivo para los creyentes más obstinados. Entre el desánimo y la fuerte lluvia, que acompañó el final del choque, los futbolistas se quedaron jugando prácticamente solos, con el eco de los pelotazos escuchándose perfectamente en el ambiente.

No fue así el inicio. La grada recibió al Sporting por todo lo alto, con un espectacular tifo desplegado en el fondo Sur. «Sin rendición Gijón», se podía leer en él. En el césped, el cuerpo técnico y los suplentes completaban una mudanza de banquillo histórica. La grada se extrañó un poco al ver al entrenador local gobernando desde el banquillo visitante, pero la victoria del Alavés arrasó con todo. «Esto es inadmisible. Si perdemos este partido, ¿a quién vamos a ganar?», se preguntaba un desesperado aficionado en el intermedio. Ya había caído el primero del equipo vitoriano, que dejó destemplado a El Molinón, camino de un cruel invierno en la segunda mitad. Rubi concluyó el primer acto con un gesto de rabia que denotaba su impotencia.

Al aficionado no le entró la tiritona total, pero al equipo, sí. El único momento emotivo del día fue el homenaje que el club brindó en el palco a la directiva de la peña Luengo, la decana del sportinguismo y que puso fin a su actividad después de más de medio siglo. Su presidenta, Esther Rodríguez, recibió una camiseta de manos de Javier Fernández. En el palco, en cualquier caso, se veían caras muy largas por lo que había insinuado la primera mitad.

Dio un tímido paso al frente el fútbol del Sporting en el inicio de la segunda mitad y la afición, que necesitaba una disculpa, se metió pronto en el papel. Tanto que descargó una tormenta de silbidos, gritos y críticas cuando el venezolano Christian Santos se disponía a ejecutar el primer penalti. La grada mostró su lado más guerrillero, pero no consiguió desestabilizar al delantero.

A partir de aquí, la grada desconectó. Hubo momentos para protestar contra la directiva -en los prolegómenos se había organizado una pequeña concentración para clamar contra la gestión-, lanzar algún silbido a los futbolistas y, sobre todo, mostrar un preocupante distanciamiento de los jugadores. También se quejó amargamente cuando Rubi quitó a Cop del campo para sacar en su lugar a Castro, que había sido requerido por el público. Pero El Molinón quería en acción a los dos.

Silbidos a Deyverson

Con el balón perdido, la acción estaba en los cambios. Deyverson, recordado por sus exageradas celebraciones la temporada pasada con el Levante, fue recibido con una sonora pitada, aunque eso le espoleó para buscar el segundo penalti, que agrandó la dimensión de la herida. El ambiente estaba tenso, pese a la entrada de Traoré y su gol, en pleno intercambio de golpes y goles. Gil Manzano, muy meticuloso, no contribuyó a relajar la atmósfera. El 2-4 levantó al aficionado y le dirigió a casa.