El Comercio
Sporting

fotogalería

Amorebieta salta sobre Roncaglia en la jugada en la que se anuló un gol a Traoré por esta acción. / CITOULA

El Sporting se extravía en un minuto

  • Los rojiblancos, con Burgui desmelenado, tuvieron ocasiones para golear, aunque terminaron atrincherados tras el gol del empate de Aspas

  • El equipo perdonó al Celta en otro partido notable, pero que se complicó con la expulsión de Meré

Valga por delante que mientras hubo un once contra once el Sporting siempre fue mejor. Incontestablemente superior al Celta. Pero por alguna extraña circunstancia el equipo de Rubi parece gafado por pequeños retales de fútbol. En un minuto de reloj se extravió el Sporting después de un partido notable y de total desmelene ofensivo. La misma película que contra el Atlético, porque los cambios de Berizzo activaron a un oponente sobrepasado, pero con otros márgenes y un saldo positivo. El porcentaje de las ocasiones de gol locales fue tan escandalosamente alto como el poco rendimiento que sacó el Sporting de todas ellas, sin capacidad para permitírselo. Ahí estuvo la diferencia. Ahí estuvo la victoria. Y ahí estuvo el Deportivo, próximo visitante, que respira nervioso con dos puntos de margen, aunque con la coletilla del partido menos.

El primer acto resultó una gran obra, aplaudida por todo El Molinón, pero incompleta. A grandes rasgos fueron cuarenta y cinco minutos magistrales del Sporting porque el sometimiento al Celta fue abrumador. Acoso y derribo. Sin más. Pero careció del bello complemento del gol, tan decisivo en el juicio final, sobre todo en una situación como la de este equipo. Eso sacó de quicio a la grada y a Rubi. Las ocasiones se apelotonaron sin pausa, casi siempre por obra y gracia de un Burgui estelar, al que la etiqueta de irregular ya se le descose de la camiseta. Uno de los grandes triunfos del técnico de Vilasar es haber sido capaz de poner en hora a este futbolista que hace cinco años quemaba suela en el parqué y que tenía tendencia a evaporarse como la gaseosa. Ayer fue el elemento casi 'top' por el que suspiraba Rubi.

Suyas, en aventuras muchas veces solitarias, fueron las mejores ocasiones de la primera mitad, en la que medió un abismo entre los méritos de uno y otro equipo. La cadera de Roncaglia tembló cada vez que vio aparecer en el horizonte al extremo cedido por el Real Madrid, veloz como las balas, que prendió la llama pronto con una ofensiva que derivó en un pase suyo mal sofocado por Sergi Gómez. El disparo posterior de Carmona se estrelló en un defensa.

La democracia del balón derivó pronto hacia una tiranía local. La oposición al gobierno estaba hueca de ideas, incómoda por los costados y sin fuerza para la réplica. Como dato, el Celta probó dos veces a Cuéllar en el primer tiempo, intranquilo para la cariñosa hinchada viguesa. No se recuerdan muchos momentos en los que Berizzo tocase la piel de su asiento y se permitiera un relajo. No le dejaron. La carga era continua. El Sporting era obstinado en su ofensiva por la banda izquierda, la derecha del Celta, donde olía sangre. Burgui amenazó a un exigido Rubén en dos escaramuzas que detuvo el portero. Douglas tampoco se quedó atrás. La acción estaba en las bandas.

La grada se divertía. Hasta se permitió aplaudir los goles del Athletic que volvían a enterrar en el barro al Granada, de nuevo en problemas. Para entonces, el colmillo del Sporting era más afilado ante un Celta rebosante de suplentes por la borrachera de kilómetros que llevaba encima el equipo de Berizzo. En la mejor ocasión del primer acto, con permiso de un disparo de Moi Gómez que lamió con levedad la madera, Amorebieta se aventuró al ataque y de su larga zurda salió un centro muy pasado. El aterrizaje lo esperaba Traoré, quien conectó, libre de vigilancia, un cabezazo a medio metro de Rubén, que actuó con instinto de supervivencia para evitar el gol.

Política de guerra sin paz

El receso no hizo más que ratificar al Sporting en su política de guerra sin paz. A la enésima colada de Burgui por la izquierda le siguió otra de Carmona por la derecha. El mallorquín bailó con Planas sobre la línea de cal y, en una maniobra imposible, robó el balón con la espuela. El defensa asumió un riesgo mayúsculo en su réplica. Le derribó. El penalti lo transformó Moi Gómez. Tan feo lo veía Berizzo que, en pleno apagón del Celta, compareció Aspas, el hombre franquicia de este equipo y que había vivido la tormenta atechado en el banquillo. Se hizo de rogar su efecto, pero el '10' saldría al carnaval disfrazado de Gameiro.

Antes, El Molinón volvió a estremecerse en su butaca con un centro de Moi Gómez al área. Traoré, trabajador, aunque bastante desaparecido, aprovechó sus 2,03 metros para conectar sin oposición un cabezazo que se estrelló furioso en el poste derecho de la portería de Rubén, que ni pestañeó. En goteo desde el banquillo, los héroes de Jarkov trataban de reanimar a un decaído Celta. Pablo Hernández se sumaba al juego.

Embriagado de ocasiones, el temor de El Molinón se hizo real. El Sporting entregó los tres puntos en un minuto de reloj. Fue el tiempo que transcurrió entre la expulsión de Meré, obligada, porque Bongonda se iba directo hacia Cuéllar, y el gol de falta de Aspas, un tipo de picardía callejera que olfateó el salto de la barrera para rasear. Y pudo ser peor porque Radoja estrelló un balón en el larguero y De Burgos atendió a su asistente en un fuera de juego señalado el Celta que no parecía. Sumaba el Sporting, descamisado, y también el Celta, agradecido por el regalo.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate