El Comercio
Sporting

Una fe a prueba de bomba

La grada rojiblanca celebra el segundo gol rojiblanco que significaba el empate.
La grada rojiblanca celebra el segundo gol rojiblanco que significaba el empate. / FOTOS: PALOMA UCHA
  • Cerca de 2.000 aficionados sufren con el Sporting una jornada de locura

Sirven el 'bocadillo del fútbol' a los pies de El Sadar. Viene a ser una media barra de pan bien preñada de tortilla, que desborda huevo y patata por los dos lados de la corteza. La pieza no desmerece la magnitud del definitivo sobrenombre con el que ha sido bautizado hace años. «Nosotros también utilizamos el mismu sistema métricu en Asturias», bromea un aficionado del Sporting, que no sabe cómo agarrar al monstruo para hincarle el diente, mientras un grupo de camaradas rojiblancos, en plena sobremesa, calientan la voz: «¡Vooooy a enloquecer, si marcas el primero, vamos Sporting...!». La filosofía de vida astur empasta bien en Navarra.

En otro punto de la ciudad, en la plaza del Castillo, corazón de Pamplona, que recibe al viajero con bellísimos campos amarillos de la flor de colza, late el sportinguismo desde primera hora del día, moviéndose con gracia y garbo por todas sus arterias. Alguno se ha frotado los ojos al ver un rostro conocido ejerciendo como anfitrión por la cercanía de la popular calle Estafeta, tránsito obligado en los 'sanfermines'. «Era Isma López paseando con el perro», apunta Guzmán Fernández, sportinguista de Langreo, aderezado con todos los complementos rojiblancos que puede haber en el mercado. Aunque frustrado por la sanción, el navarro no ha querido perderse la batalla del Norte. Consume la mañana con su familia y, tras la comida, se suma a la concentración del equipo. Como uno más, desciende del autocar delante de El Sadar.

Hay representación de la peña sportinguista de Barcelona, que echa de menos una pizca más de rojiblanco en un primer vistazo, aunque lo cierto es que muchos aficionados van camuflados. Como Coral Fernández y Santiago García, de Gijón, que solo han podido acceder a las localidades alejadas del perímetro reservado para la afición visitante. Sin casaca ni bufanda, por advertencia de Osasuna, ambos hacen un guiño a la causa, con camiseta roja y pantalón blanco, ella, y un polo con los mismos colores, él, aunque asoma una sospechosa bufanda bajo esta prenda. Con una fe a prueba de bomba, el jolgorio sportinguista se mezcla con la sesión de vermú pamplonica, bastante animada con un sol de justicia y alguna despedida de soltero/a que se engancha en el ambiente.

La peña sportinguista Villa de Nava posa animosa en una terraza de un bar y los representantes de El Canijo de Candás pasan por delante. Jorge Guerrero, al frente de la Federación de Peñas, participa en una animada tertulia con los representantes de las peñas Manjarín, El Cencerru y Portería Sur. Avelino Buera, presidente de Sidrería Sporting, se aventura por las céntricas calles de la ciudad con su mujer, ajenos al sofoco que les va a provocar el final del día.

Venta de entradas

Otros sportinguistas andan más inquietos. Y todavía no ha empezado la deliciosa locura que está prevista en El Madrigal. En el tránsito por el centro son varios aficionados los que no disponen de entradas y buscan de forma desesperada una puerta de acceso al espectáculo. Funciona la reventa y algunos consiguen asientos con esta fórmula a cincuenta euros. Otros prefieren no desvelar la procedencia de su salvoconducto, pero al final serán cerca de 2.000 sportinguistas los que se citen en la grada de El Sadar. Algunos juntos. Otros, no. Y, unos pocos, siguiendo el partido por televisión en los alrededores.

De camino al estadio ya se empiezan a ver aficionados con la oreja pegada al auricular. Suenan los tambores de guerra a la llegada de la expedición rojiblanca. «¡Sí se puede, sí se puede, sí se puede!», corea la grada. El cántico se mezcla con otro de rechazo a la gestión. Para entonces, el balón ya sobrevuela el cielo de Villarreal, que festeja en el último suspiro del partido.

El ambiente hostil presagiado se dispara con la presentación de los futbolistas del Sporting, musicalizados con la Marcha Imperial de Darth Vader. La banda sonora de los malos. No es un buen presagio. El partido se tuerce y la desesperación se apodera del sportinguismo, con los dos bofetones en la cara, pero llega el minuto de la supervivencia. Otra semana de cuentas y fe en cantidades industriales.

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