El Comercio
Sporting

El Sporting se apaga por control remoto

Los jugadores rojiblancos celebran el tanto de Burgui delante de su afición.
Los jugadores rojiblancos celebran el tanto de Burgui delante de su afición. / DAMIÁN ARIENZA
  • Arrollados en la primera fase, los rojiblancos firmaron un decoroso encuentro tras el gol de Burgui para despedirse de la categoría

  • Un gol de Szymanowski en San Mamés hace inútil la victoria del Sporting en Ipurúa

Ipurúa fue el cementerio del Sporting, incapaz de cambiar su destino en una voltaica tarde de fútbol norteño. Fracasó oficialmente el proyecto de los dieciséis fichajes posiblemente en uno de sus mejores combates, pero ya eran demasiados los astros que se tenían que asociar para resucitar a un grupo de jugadores que, salvo por días como el de ayer, no mereció mejor suerte en todo el año. No intervino la fuerza divina de Castalia, o de Zorrilla, incluso la que inspiró al Sporting en el Benito Villamarín hace un par de años. No hubo nada de eso; solo una sensación hueca por la pérdida de prestigio deportivo.

Mal augurio era la exagerada dependencia del transistor a la que estaba obligado el Sporting para agigantar su leyenda de superviviente y agitar la lucha por la supervivencia. Cumplió la 'troupe' de Rubi con su cometido, sí, pero el Leganés se le atragantó al Athletic y el Deportivo, al Villarreal, firmando la pérdida de categoría del Sporting y abriendo un panorama de cambios que se llevará por delante a Nico Rodríguez, arquitecto en jefe del proyecto que alumbró junto a Abelardo, y casi con toda seguridad a Rubi, incapaz de montar algo fiable entre tanto ingrediente inestable.

Al menos le echó coraje el equipo gijonés a la despedida, muriendo por control remoto, y en algunos momentos incluso hizo sonreír a sus parroquianos con ratos de buen fútbol. Decidido a morir con las botas puestas, Rubi se la jugó con el grupo que más confianza le ha procurado desde que se enrolase en esta peligrosa aventura. Pero su once más clásico no dio la medida en una apertura desalentadora. La propuesta resultó canija y tierna en los primeros minutos de confrontación con un equipo notable, arrollador en la fase que se supone de tanteo y tiránico con el balón. Apenas cató la pelota la casaca rojiblanca, arrugada por el meneo colosal al que la sometieron los 'armeros' en el comienzo. No se había desperezado la grada y Adrián ya había estado a punto de cantar bingo en dos ocasiones en su despedida de Ipurúa, llegando a escupir el larguero un cabezazo suyo. El pequeño Inui descosía a Douglas con frecuencia y el equipo se achataba en todas las líneas. El sofoco en el verde no aflojaba contra el espíritu de rebeldía que manifestaban los trescientos sportinguistas que se repartían por la grada.

Hubo pocas excursiones al área de Riesgo en esa indigestión inicial. La única se la adjudicó Burgui, embistiendo por la banda derecha y centrando para un cabezazo ingenuo de Cop. Pero, como en los libros de George R. R. Martin, la trama se torció caprichosa. La leyenda del eterno superviviente se desempolvó con una nueva entrega y el viraje pilló al Eibar engordado por un exceso de confianza. La inesperada erupción del Sporting achicharró el verde de Ipurúa, inclinado a partir de ahí hacia el campo local, e incendió la lucha por la salvación.

En el peor momento salió el sol para el equipo de Rubi. Soltó amarras, despejó los complejos y se puso a competir sin miramientos. Hubo otro partido. Antes de la media hora, Carmona había visto cómo se le anulaba un polémico gol, con exceso de vista para el asistente porque la línea entre lo legal y lo que no era milimétrica. En el siguiente fragmento de película descorchó la botella el equipo gijonés, asociados dos talentos como Moi Gómez y Burgui, quien fusiló a Riesgo con un disparo cruzado con la izquierda. Antes de la última curva, el Sporting se situaba a un partido del Deportivo, enredado en Villarreal, y del Leganés, derrotado en ese punto de la tarde en San Mamés.

Salida rabiosa

El Eibar compareció rabioso en la segunda mitad, dispuesto a arrasar con los rojiblancos. Transmitieron el mosqueo local Sergi Enrich y Juncá, quienes dispararon con fuego de artillería. No se dejaron intimidar los muchachos de Rubi, audaces como pocas veces este año. Cop perdonó el segundo en un remate a quemarropa demasiado cruzado y el de Vesga se fue al patio de butacas. La trama 'martiniana' volvió a intrincarse con el inesperado zarpazo de Alexander Szymanowski en San Mamés, enfriando el ánimo en la grada, enterrando al Sporting en Segunda, aunque los rojiblancos seguían desbocados en el césped.

La banda izquierda comenzó a hacer aguas con Canella solo ante Capa y Pedro León, poco auxiliado por Burgui, más interesado en construir ofensivas al contragolpe. Se dobló el Sporting. El olor a quemado llegó hasta la zona de Rubi, inquieto con el paso al frente del Eibar y el desinfle de los suyos. Xavi Torres entró con todas las alarmas encendidas, en plena estampida de los 'armeros'. Mendilibar había soltado todos los caballos, envidando con el furioso Bebé, Kike y Cristian Rivera, un talento horneado en Mareo que anunció batalla desde el primer minuto, con un latigazo que se abrió camino en una jungla de camisetas rojiblancas para estrellarse violentamente en el poste. No había noticias de San Mamés, ni de Villarreal. Rubi completó su plan de contención alistando a Amorebieta y formando con una línea defensiva de tres centrales. Las balas silbaban de cerca. Pedro León y Bebé no dejaban de surtir a sus delanteros con centros diabólicos que se paseaban ante Cuéllar. En un receso local, Cop pidió penalti por un empujón de Juncá, pero Martínez Munuera no lo consideró.

Toda esa acción se volcó en los últimos segundos hacia el reloj y otras latitudes cuando ya se veía el partido resuelto. Pero el choque se marchitaría con una secuencia paradójica: los fuegos artificiales del Eibar, otro año en Primera, y el llanto del Sporting, de nuevo en las catacumbas del fútbol profesional.

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