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Manu Preciado: «Mi padre me enseñó a no dejar de luchar, aunque me pasaran cosas malas»

Manu Preciado, hijo del inolvidable entrenador del Sporting, sigue su carrera como técnico.
Manu Preciado, hijo del inolvidable entrenador del Sporting, sigue su carrera como técnico. / DANIEL PEDRIZA
  • «He vuelto muy poco por El Molinón. No me encontraba bien. Miraba al banquillo y tenía que tragar saliva»

El parecido entre Manolo Preciado y Manu Preciado (Palma de Mallorca, 1985) cada vez es más acusado y asombroso. Y no solo por el físico, evidente, ni por el idilio de ambos con el banquillo. El tono de voz de su hijo, al otro lado del teléfono, resuena con el mismo vigor, gracejo y ese amago de afonía constante con los que se expresaba el inolvidable entrenador de Astillero. Una marca de la casa. Hoy se cumplen cinco años de su inesperado fallecimiento por un infarto en Valencia, a los 54 años, cuando el balón le llevaba a Villarreal.

Por desgracia tendrá toda la vida presente el 6 de junio...

Sí. Tampoco soy mucho de estar a fechas, pero está claro que me acuerdo. También me llama gente, hoy en día están las redes sociales... Salen historias que me lo recuerdan.

Es imposible hablar con usted y no asociarlo de inmediato a su padre...

Me lo dicen mucho, sobre todo cuando hablo con alguien por teléfono. Hace años, cuando le llamaban y él no se podía poner al teléfono por cualquier cosa, me decía: «Manu, di que soy yo y pilla el recado, que le llamo en cinco minutos». Lo hicimos alguna que otra vez (risas).

¿Ha vuelto por El Molinón?

Muy poco. No me encontraba bien, ¿sabe? Fui recientemente con los chavales del Rayo Cantabria, el equipo al que entrenaba esta temporada, y estuvimos por ahí con Falo, el hermano de Quini. Vimos el museo. Me emocioné mucho viendo el vídeo. Siento mucho a ese club. Los momentos que pasé ahí fueron increíbles. No recuerdo haber vivido nada parecido en ningún sitio. Y siempre me ha gustado el fútbol, pero lo de ahí fue la hostia. Recuerdo que fui a El Molinón en un partido de final de temporada contra el Mallorca. Miraba el banquillo y tenía que tragar saliva. El año pasado ya fui contra el Atlético y lo pasé fenomenal. El tiempo al final va curando las heridas.

¿Hay algún recuerdo de su padre que siempre le acompañe?

Tengo tatuada alguna cosa, pero, más que lo material, los bonitos son los recuerdos que mantengo de lo que viví con él.

¿Y cuál es el último?

Desgraciadamente, cuando ya estaba mal en Valencia. Estuve hablando varios días con él. Siempre nos llamábamos y esos días igual le llamé cinco o seis veces cada día. Le veía muy mal, con la voz débil. Hablé con la que era su pareja entonces y le insistí para que le llevara al médico. Le pregunté si quería que fuera a buscarle, pero me dijo que no. Le habían dicho que era algo de la barriga, un virus o algo así, y mire cómo acabó el tema.

¿Cuál fue la lección más valiosa que le dejó?

Me enseñó a no dejar de luchar, aunque me pasaran cosas malas. Que siempre hay que esperar porque al final llega lo bueno y queda mucho por vivir. Tengo dos hijos y una mujer que son la leche. Me han ayudado la hostia. Pensaba que de esta no salía.

¿Tiene la sensación de que, además de a usted, el fallecimiento de su padre dejó huérfano al Sporting?

Por supuesto. La misa en El Molinón me quedará grabada toda la vida. Lo asumí de la forma en la que usted me lo está diciendo. Sabía que mi padre era muy querido, pero si él hubiera visto lo de aquel día habría alucinado. Fue impresionante. Cada palabra, cada silencio.

¿Sigue con la idea de llegar a ser entrenador profesional?

Con los pies en el suelo y sabiendo que mi padre era un fenómeno y será muy difícil. No me quiero ni comparar a él. Era mi ídolo y muchas cosas en mi vida. Intentaré formarme y seguir aprendiendo. Este año estuve en el Liga Nacional del Rayo Cantabria y ahora estoy a la expectativa. Igual me voy de segundo a Tercera.

¿De qué partido se acuerda más?

Los ascensos y las permanencias fueron muy emocionantes, pero recuerdo mucho el día de la Real, por ejemplo. Todos los partidos de la etapa en Segunda fueron una pasada. Me acuerdo, claro, de la victoria en el Bernabéu. No pude viajar. Trabajaba todavía en el Acuario de Santander y salí pitando de trabajar a un bar que había debajo de casa. Lo estuve viendo allí y me lo pasé genial porque los del bar encima eran del Madrid. Aquello fue la hostia.

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