Lo que Quini decía: «El fútbol se acaba, pero los amigos son para toda la vida»

Lo que Quini decía: «El fútbol se acaba, pero los amigos son para toda la vida»
Quini saluda al llegar a su casa, Mareo. / JORGE PETEIRO

'El Brujo' deja tras de sí momentos irrepetibles en el terreno de juego y una filosofía de vida en la que no cabía la vanidad

A. VILLACORTA GIJÓN.

Quini ya es leyenda. 'El Brujo' se ha ido en silencio, dejando tras de sí momentos irrepetibles sobre el césped y, sobre todo, una filosofía vital en la que no cabían la vanidad ni el individualismo. En la que no hacer piña no era una opción y el protagonismo era siempre de la escuadra. Así que no era raro verlo aparecer casi pidiendo disculpas por tanta notoriedad en cualquiera de los homenajes que se empeñaban en organizarle aquí y allá, reconociendo entre risas que se ponía «más nervioso con el micrófono delante que cuando salía» a ganar «con el campo lleno».

Así era Enrique Castro, tan grande como humilde. Y así se presentaba invariablemente el siete veces máximo goleador de la liga de fútbol, un hombre de otra pasta por más que él lo negase día sí y día también. «Quini es una persona normal y corriente que ha tenido éxito en la vida gracias a sus compañeros», repetía el mítico '9' rojiblanco como un mantra. «Quini fue uno que metía goles. No tenía un juego atractivo, pero pegaba-y al balón y entraba, que es lo que cuenta», resumía como si nada.

Ni siquiera cuando Gijón puso su nombre a una calle y a un parque ni cuando lo nombró Hijo Adoptivo hubo manera de sacarlo de ahí. A lo sumo, tiraba de retranca, genio y figura: «Aunque sea con trozos pequeños, poco a poco voy a acabar adueñándome de la ciudad». Gijón, Asturias entera, su lugar en el mundo: «Me siento asturiano por los cuatro costados». El de El Molinón de sus amores: «No soy capaz de vivir sin Mareo. Mi vida es el Sporting y los triunfos del equipo me sirven para luchar».

Lo hizo cuando, tras un diagnóstico demoledor, se le cayó «el mundo encima en unos segundos» y se enfrentó al cáncer con espíritu de artillero letal porque rendirse tampoco era una posibilidad. Se lo debía a su gente y, sobre todo, a su nieto Pablo, con quien se fue a merendar nada más salir del hospital.

«Pero no todo vale a la hora de ganar» y, «si para algo está el deporte, es para unir y no para desunir», les decía el maestro del remate dentro del área a los chavales que querían seguir su estela: «Que los goles no se os suban a la cabeza. Cuanto más sencillos seáis en la vida y en todo, mejor».

Sencillez y humanidad de paisano de primera para acudir allí donde lo llamaban y apoyar sin su aura de mito cualquier causa que lo mereciese, de la oficialidad del asturiano a la lucha contra las enfermedades raras: «No hago más que dar abrazos y, sobre todo, arrancar una sonrisa a la gente enferma. No hay nada como fabricar sonrisas, arrancar felicidad en alguien que sufre». Deportividad y corazón enorme con el rival -del Tariere al Bernabéu- e incluso con aquellos tres parados que lo tuvieron 25 días metido en un zulo y a los que se empeñó en conocer años después: «Eran buena gente. Equivocados, pero buena gente. La vida es muy difícil. Todos merecemos una segunda oportunidad». Porque, al fin y al cabo -decía él, que era puro fútbol-, «el fútbol se acaba, pero los amigos son para toda la vida». Y Quini deja amigos por millares.

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