El regreso del antihéroe

David Barral festeja un gol esta temporada con el Cádiz junto a Álvaro García y Servando. /  ANTONIO VÁZQUEZ
David Barral festeja un gol esta temporada con el Cádiz junto a Álvaro García y Servando. / ANTONIO VÁZQUEZ

Idolatrado por unos y criticado por otros, David Barral vuelve este domingo a El Molinón después de cinco años y medio

J. BARRIO GIJÓN.

A David Barral la cadena de la bicicleta se le salió en Gijón el 11 de abril de 2012, en un triunfo agónico en El Molinón frente al Levante (3-2). Javier Clemente decidió sustituirlo en el minuto 59 de aquella contienda. No sabía entonces que no iba a pisar más como local el césped gijonés, desde el que se había impulsado como profesional. La relación con sus compañeros y el cuerpo técnico, liderado por el 'rubio' de Baracaldo, estaba muy deteriorada, aunque detrás de ese último recuerdo quedaba una profunda huella: 213 partidos y 55 goles, con un ascenso a Primera y tres permanencias en la colección, enrarecida por ese último año, que desaguó en descenso.

El inspirador del musical 'pásala a Barral que mete gol' regresará este domingo a El Molinón, si nada lo perturba, después de cinco años y medio de silencio. Será, además, su primera visita al estadio tras colgar la rojiblanca, con un precedente anterior con el Real Madrid Castilla cuando era un desconocido delantero, explosivo en su fútbol, que ya daba muestras de su peculiar carácter, amplificado por su gracejo de San Fernando.

«Quiero que el Sporting se salve porque lo llevo tatuado y porque en Gijón viví los seis años más importantes de mi vida, tanto en lo personal como en lo deportivo. Nunca desearé nada malo ni para el Sporting ni para su afición», aseguró el año pasado en una entrevista con EL COMERCIO. Su vida en Gijón sigue estampada en su piel, en el gemelo de su pierna izquierda, adornado con el escudo del Sporting y con las iniciales de Manolo Preciado, el técnico que mejor supo lidiar con su lado oscuro, díscolo, para exprimir su potente fútbol y su picardía callejera en el juego. Esta la sufrió el equipo rojiblanco en la única ocasión en la que ambos se cruzaron por el camino durante este tiempo, en Los Cármenes, y el delantero le sacó a Mascarell una invención de penalti en un partido volcánico. El sportinguismo se lo recriminó por las redes sociales y el de San Fernando, preocupado, se puso de perfil: «No sé si no fue penalti o sí lo fue».

Semana de discreción

Genio y figura, sin complejos en la escena pública, el delantero de San Fernando ha tomado una decisión que va muy poco con él, optando por la discreción esta semana. Tiene previsto ofrecer hoy una rueda de prensa al término del entrenamiento con el Cádiz, desechando las entrevistas personales ante el que posiblemente sea el partido más raro de su vida. Solo hay que ver el peso que todavía tiene el Sporting en sus redes sociales. Porque 'El Tiburón', como se le apodó cariñosamente desde aquella zambullida en el estanque del Acuario de Gijón, solo encontró control a su descontrol en Gijón y de la mano de Preciado, el entrenador que mejor le supo entender y que más aprovechó sus fabulosas condiciones físicas.

Sin el técnico de Astillero y con poca sintonía con sus compañeros, que le reprochaban esa anarquía con la que siempre se ha sentido feliz, se fue en 2012 para deambular de un sitio a otro, viviendo en España, Turquía, Emiratos Árabes Unidos y Chipre. Seis años estuvo en Gijón y cinco, conociendo mundo y fútbol, saltando de un equipo a otro hasta pasar por seis. En ninguno echó raíces, pero en todos llegó a ser importante. En el Cádiz, a sus 34 años, vive sus últimos tiempos como futbolista profesional, conservando su importancia en los planteamientos de Álvaro Cervera -ha marcado 3 goles en 10 partidos-, pero sin poder escapar de su indómito carácter, que ya le dejó sin jugar en el Tartiere porque un café con un amigo retrasó su llegada a la charla prepartido.

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