El superviviente de la 'era Preciado'

El superviviente de la 'era Preciado'
Alberto Lora se abraza con Canella en el acto de despedida del mostoleño. / ARNALDO GARCÍA

La salida de Lora deja a Canella como el único representante de la época del cántabro

JAVIER BARRIO GIJÓN.

«Para mí siempre ha sido una debilidad. Seguiré feliz si sigue», acostumbraba a repetir Manuel Preciado. «Todos los veranos la misma canción con Róber», remachaba, refiriéndose al incombustible Canella (Pola de Laviana, 1988). Un chico apocado, callado entonces, aunque se expresaba con claridad meridiana en competición. El último superviviente de aquella generación que enganchó al sportinguismo, con un ascenso y tres permanencias (Sergio todavía tenía una participación muy testimonial), y que perdió este verano a Alberto Lora, uno de sus mejores amigos en el vestuario. Doce temporadas cumplirá el lateral izquierdo -con contrato en vigor hasta 2019- cuando el balón comience a rodar a mediados de agosto. A la altura de los de antes.

«Es como el escudo del Sporting», observa Raúl Cámara, uno de sus compañeros de viaje en aquellos primeros años, iniciados con un partido en el Heliodoro, en 2006. Hicieron buenas migas desde el principio, sobre todo por la sintonía de sus padres. «Este año no pudimos intercambiarnos la camiseta porque en El Molinón yo le había dado una a 'El Brujo' y en Tenerife, con el resultado, tampoco nos vimos», ilustra sobre su último encuentro con el lavianés, que alcanzará los 300 partidos la próxima temporada. Una auténtica bestialidad en el fútbol de hoy. «No valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Canella ha marcado una época en el Sporting y ha dado mucho desde los 18 años», refrenda un conocido entrenador.

Más Sporting

Lo suyo fue rendimiento sin cháchara desde su primer año, cuando participó en 17 partidos con Preciado. Luego llegaría la explosión de la 2007-2008. «Un año precioso», enfatiza Gerard Autet, con un ojo puesto en el Serbia-Suiza de la tarde. «Le recuerdo muy tímido entonces. Mi taquilla estaba al lado de la suya y lo pasaba bastante mal cuando le tocaba salir a rueda de prensa», recuerda el exfutbolista catalán, quien considera que en el campo ya era otra cosa. «Era muy joven y al mismo tiempo, exageradamente regular. Siempre jugaba bien, no tenía altos ni bajos. En aquellos años tuvo la oportunidad de salir y nunca lo hizo porque es un tío del Sporting», apunta Cámara. «Aporta identidad. Eso no abunda», machaca Gerard. La tentación le llegó de Villarreal y Zaragoza.

Carácter hogareño

Ese carácter hogareño, acentuado por sus estrechas raíces con el día a día gijonés y, sobre todo, con su Pola de Laviana natal, se puso de manifiesto en su año de cesión a La Coruña. «No lo pasó bien. Fueron unos meses difíciles para el equipo y especialmente para él», apuntan desde Galicia. Pasó de disputar una media de treinta partidos en Gijón a que Víctor Fernández, su entrenador en el Deportivo, no le diera ni bola. Tan dura fue esa etapa que en el último partido que le brindaron después de cinco meses de vacío, en el que el Deportivo engancharía además la permanencia en la última jornada en el Camp Nou, el brasileño Adriano se lo llevó por delante en la primera media hora. Su hombro soportó la caída. En fuera de juego. Pero, salvo por ese frenazo y el año posterior ya de vuelta, su contador no se ha parado. «La palabra que mejor le define es la constancia. Siempre da la cara y siempre rinde. Este año, de hecho, lo jugó prácticamente todo y fue de lo más regular del equipo», apunta Jorge García Torre.

Lo refrenda Gerard Autet. «'Cane' es todo compromiso. Cuando él juega, el aficionado espera esa llegada suya por banda tan característica y ese centro tan bueno que le caracteriza. Es muy resistente y todavía le queda cuerda para rato», vaticina. A sus 30 años, todavía tiene gasolina de sobra para desbocarse por la banda izquierda de El Molinón, aunque ya será como el último estandarte de una generación.

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