«Mi vanidad está más que gastada. La tuve y fui imbécil. La sencillez es maravillosa»

Vega-Arango, durante un momento de la entrevista con EL COMERCIO. / DANIEL MORA

«Llegué a perder parte de mi patrimonio porque abandoné mis negocios para volcarme en el fútbol»

JAVIER BARRIO GIJÓN.

«Me hice un poco 'rollista'», se disculpa con antelación Manuel Vega-Arango (Luanco, 1938), que hoy cumple ochenta años, mientras reparte saludos por todas las estancias por las que pasa en su trayecto por el Club de Tenis de Gijón. Su vida daría para escribir un libro entre episodios personales y profesionales. Fue el único jugador amateur en la historia del Sporting y su presidente en los años dorados y también en una época muy convulsa, además del primer dirigente de la Liga. Hasta coqueteó con la política, de la que salió escaldado. La grabadora de EL COMERCIO comienza a funcionar y Vega-Arango se brinda a conceder su entrevista más personal. En su mesita de noche, asegura, hay dos libros: 'El viejo y el mar' y 'El refranero español'.

-¿Cómo le sientan los ochenta años?

-Bien. La edad ataca de vez en cuando con alguna que otra cosa, pero hay que intentar superarlo. La vida es fuerza de voluntad. Tengo un pequeño problema con la vista, que ya llevo varios años con él, aunque me encuentro bien. Hago deporte y llevo una alimentación normal. Por lo demás, no me puedo quejar. No estoy dolido ni por nada, ni con nadie. No soy rencoroso, aunque he sufrido traiciones. También me habré equivocado miles de veces. Mi vanidad ya está más que gastada. La tuve y fui un imbécil, pero las personas sencillas son las más maravillosas que hay.

-¿A qué dedica el día a día?

-Me he hecho muy lector. He pasado de estar ocupado el día entero, con tensiones, a tener un vacío en mi vida. Lo lleno con otras cosas, con buena música, buenos amigos, lectura... Le diré que ahora soy un enamorado de la cultura japonesa. El japonés es muy sufridor. A los niños les educan para que nunca se quejen. Los samuráis eran ejemplares. Pero, volviendo a lo de antes, me aburro. Tengo alguna cosilla para hacer algún ingreso que siempre hace falta y no estar inactivo. Me gustaría morirme con las botas puestas, trabajando, con negocios, pero le confieso que me aburro un poco.

-¿Qué esta leyendo últimamente?

-Muchas biografías. He leído, por ejemplo, la de Mandela. Él decía que el arma más importante que tiene la humanidad es la educación, que por cierto casi no usa. Me molesta muchísimo la falta de educación.

-Su vida ha sido el Sporting.

-Me encanta el fútbol. Mi equipo ha sido y es el Sporting desde que era un crío y vivía al lado de El Molinón. Crecí en un chalé que se llamaba 'La Casuca'. Con 5 años estaba metido en el campo viendo a los jugadores llegar en bicicleta y tranvía.

-¿Sigue en la Federación?

-Cuando se marchó Ángel María Villar, que para mí fue un gran presidente por mucho que se diga, comuniqué que no quería saber nada más. No me iba a quedar para coger la dieta que dan. No he vuelto. Mantengo una gran relación con Ángel. Hablo con frecuencia con él y le doy muchos ánimos. Estoy convencido de que no tiene culpa. Ha hecho mucho por la Federación. Ahí están los títulos de la selección y Las Rozas, que es como un ministerio. Lo peor es la traición. Le abandonó todo el mundo y solo han quedado excepciones, entre las que me encuentro. Voy contra la deslealtad. Con los amigos hay que estar en lo difícil. Cuando estás arriba, no vale. Todos están contigo.

-¿Usted ha pasado por eso?

-No voy a hablar del tema. Sí le digo que tengo muy buenos amigos. Los mejores. Es una de las cosas más grandes de mi vida junto a mis hijos. Lo que me da pena ahora, y perdone si cambio de tema, es esta España sin valores. ¿Cómo es posible que haya padres que agredan a los profesores?

-¿Cómo era su relación con sus profesores en el Inmaculada?

-¡De niño no se me ocurrió nunca quejarme de un profesor! Si me quejaba en casa, mi padre me castigaba todavía más. No le decía nunca nada.

-¿Estudiaba bien?

-Era mal estudiante. Muy malo (risas). Me sacaron en Tercero para llevarme a los Maristas de Murcia, que eran durísimos, en el Paseo de El Malecón. Allí estuve cinco años. Viajar a Murcia era como ir a América en aquella época. Aquello me vino muy bien. Me cambió la vida. Yo era un niño mimado de buena familia. Vivía muy bien. Pero allí me encontré solo. Era un colegio duro, pero le estoy muy agradecido. Luego ya volví para terminar mis estudios aquí y hacer Derecho en la Universidad de Oviedo.

-¿Cómo era su padre (Felipe Vega-Arango?

-Muy recto. Tenía sus cosas, pero le estaré siempre muy agradecido. Me hizo un hombre y me permitió vivir unos años fantásticos. Fíjese, me regaló un coche con 18 años.

-¿Lo recuerda?

-Perfectamente. Un Seat 600, azul celeste, con matrícula de Madrid. Teníamos casa allí. La matrícula era M-208275. Me dijeron que no podía pasar de 60 kilómetros por hora, que estaba en rodaje (sonríe).

-Hablaba de su padre...

-Sí. Tenía cinco perros y, cuando le llevaban el desayuno, siempre pedía que le abrieran la puerta y subieran los cinco (risas). Era un paisano muy especial. Muy duro en los negocios, pero también generoso. Discutía cinco pesetas y luego te daba un millón. Cuando me casé, con 24 años, me dio la primera casa, que era en Álvarez Garaya, en el séptimo, en la torre.

-¿Cómo era su casa de niño?

-La recuerdo con un cariño bárbaro. Le decía que estaba al lado de El Molinón. No lo tome como soberbia, pero mi padre tenía hasta bodega. Íbamos allí 'El Pelón', Medina, Biempica... ocho o diez a tomar champán después de los entrenamientos (risas). Me decían: '¡mañana enfríalo!'. Estaba frente al Grupo Covadonga. Era muy grande, con 12.000 metros cuadrados.

-Usted ha vivido de todo...

-Soy japonés, ya se lo dije (risas). Pero por encima de todo, lo más importante para mí siempre serán mis hijos. Tengo nueve y doce nietos, contando la que llegó el pasado viernes. Estoy encantado de cómo son. Ha merecido la pena nacer por ellos.

-¿Y sus mujeres?

-Mis hijas y mis nietas.

-Me refiero a sus parejas.

-Tuve una y nos separamos hace muchísimos años. Le tengo un respeto grandísimo. Es la madre de mis hijos y eso marca toda la vida.

-Pues ha tenido fama de ligón.

-(Sonríe). Le voy a decir una cosa. Nací y me pusieron esa etiqueta, pero no me he comido una rosca.

-¿Tenía madera de abogado?

-Decían que sí porque me explicaba bien, pero no tuve esa inquietud. Mi padre quería que estudiara para tener la carrera.

-¿Qué fue para usted Pablo Porta, expresidente de la Federación?

-Mi padrino. La persona que me llevó al fútbol profesional. Nos dio casi 45 millones de las antiguas pesetas para Mareo. Yo entré cuando estaba el terreno comprado con parte del traspaso de Churruca por Ángel Viejo Feliú, un grandísimo presidente. Había pagado 25 millones, pero en aquella obra se gastarían luego 450 millones de pesetas. Llegó nuestra junta, con todos sus miembros: Murillo, Juan Nespral, Margolles, Ramón Argüelles, Roberto, Pedrón, el de Hacienda, 'El Tiu'... Íbamos al banco a firmar y avalar, firmar y avalar.

-¿Quién le dio su mejor consejo?

-Sabino Fernández Campo, jefe de la Casa Real, buen amigo, me dio muchos. Me dijo, por ejemplo, 'procura hablar muy poco de ti, nada de los demás y todo de las cosas'. Era un sabio. Igual que Severo Ochoa.

-Medina recuerda que cuando eran jugadores él iba a los entrenamientos desde La Calzada en bicicleta y usted en un coche con chófer.

-No me acuerdo de eso (risas).

-¿Por qué no llegó a ser futbolista profesional?

-A veces me digo que qué imbécil fui por no haber cobrado, pero mi padre no me dejó. No se lo perdonaré en la vida. Él me decía que no me faltaba de nada. Era una persona muy recta. Teníamos una buena posición y no me permitía cobrar. Pero, viendo cómo se desarrolló el fútbol, qué imbécil fui. No cobré ni en blanco, ni en negro. Ni de futbolista, ni de directivo. Me entregué al Sporting sin percibir un duro. Estuve jugando como amateur hasta que lo dejé en mitad de una temporada en la que era el máximo goleador con 15 goles.

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-¿Le costó dinero el Sporting?

-Mucho dinero. Lo puse en la primera etapa. No hablo de la segunda. En los nueve primeros años, yo viajaba con el equipo y pagaba todos mis gastos. Nunca tuve una tarjeta del Sporting. Ni de oro, ni de plata.

-¿Perdió parte de su patrimonio?

-Sí. Tenía buenas relaciones, con gente importante, pero no me aproveché de ello. Amador Yenes siempre me recuerda que él era amigo de Aguado, jefe de riesgos en el Banco de Gijón. Un día entró una letra de 25 millones de pesetas de una persona del Sporting avalada por mí. Llegué a perder patrimonio porque abandoné mis negocios y me volqué en el fútbol. Nunca me aproveché de mi posición.

-¿Cómo fue su relación con Santiago Bernabéu?

-Una maravilla. Estuve un año y medio con él. Yo era un chavalín y le caí bien. Siempre me decía que el jugador que se iba, que no volviera. Para entrar, una puerta muy pequeña. Para salir, muy grande. Le pasó con Di Stéfano. También me decía que los jugadores eran como los gatos. Los tenías entre los brazos, tan a gusto, y te arañaban (risas). ¡Me hizo una faena un día! Fuimos a jugar contra el Madrid. En la comida, todo perfecto. Se sentaba en el palco delante de todos, con aquella capa que llevaba. Empezó el partido y al descanso ganábamos 0-2. Se levantó y me dijo que se iba. '¿Por qué?', le pregunté. 'No puedo ver a mi equipo perder con el Sporting en casa por 0-2'. Luego perdimos 3-2.

-Con José Luis Núñez, el expresidente del Barcelona, las tuvo tiesas.

-En la negociación por Quini. Le pedí 85 millones y se echó las manos a la cabeza. Después de horas negociando, quedó en 80. Fue en el Hotel Miguel Ángel, en Madrid, que era de Joan Gaspart. Me tuvieron tres horas al sol, en un jardinillo, para ablandarme. No cedimos por debajo de 80. La venta de Quini fue un problema. Tuve que cambiar hasta de teléfono. Era Dios, pero quería salir.

-¿Cómo fue su paso por la política?

-En los ochenta. Vino a verme Manuel Fraga, desde Galicia, con Cascos e Isidro Rozada, que era entonces el jefe de Alianza Popular en Asturias. Me dijo Fraga que querían que les representara en el Senado para cuestiones deportivas. Comimos en Prendes. Fraga, que era un tío muy hábil, me convenció. Ya había desechado antes ser candidato a la alcaldía de Gijón. Estaba con el Sporting y era mi vida. Pero me liaron y tragué. Me dijo Fraga que iba a salir y que no hiciera ni campaña. Pero durante 21 días estuve con Cascos de un lado y otro. Perdí por poco, pero perdí. Iba Ovidio Sánchez, un catedrático y yo. Quedé segundo, a seis votos del primero. Luego me enteré de que lo que mandaban a casa ya estaba cubierto. Me di de baja para siempre. No quise saber más. Luego fui a la Liga y ¡puñalada!

-¿Qué le pasó?

-Por defender a los clubes del fútbol fui crucificado. Por el problema de las quinielas, que daban el 1% a los clubes. Como presidente de la Liga tuve varias reuniones con Javier Solana, que era el ministro de entonces. No nos arreglamos e hicimos huelga. Me llamó a su despacho y me dijo que hiciera lo que me decía o que si no me iría muy mal. Le planté cara. Hablaron con Antonio Baró, que era miembro de mi junta, y me traicionaron.

-¿Nunca impuso una alineación?

-Jamás. Me enteraba cuando llegaba al vestuario. Ni preguntaba. Un día que intenté dar una opinión sobre Aguilar, que jugaba poco, un entrenador me dijo que no le diera consejos, que le dejara equivocarse. Luego, también es verdad, me pidió perdón.

-¿Quién era?

-Me lo guardo, pero aprendí la lección. Hubo otro jugador, que estaba en el Madrid. Cerré la operación. Luego me dijo el entrenador que no quería ni verlo, que no iba a jugar con él. Hablé con Enrique Casas, que era un fenómeno, y me dijo que ni caso. Vino un viernes, jugó el domingo y luego, durante ocho años, titular.

-¿Qué jugador era?

-Un tal Javier Uría.

-¿Y Boskov?

-Tuve mucha relación con él. Tenía un perro enorme, como un caballo. Se llamaba 'Buk'. Lo llevaba en la parte de atrás de su Mercedes descapotable. Un día tenía la puerta del coche abierta y el perro salió disparado. Le pegó una voz, se frenó en seco y se subió al coche. Le dije que vaya inteligente que era el perro. 'Más que Abel', me replicó.

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