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El cabeza de familia, que tiene previsto trasladarse a Birmingham junto a su mujer estos primeros meses, lleva el balompié en la sangre El padre del ex rojiblanco, que jugó de central, contagió a sus tres hijos su pasión por el fútbol
9 de enero de 2010
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Entre Miguel y Míchel
Rosa Mari y Miguel, sentados juntos a su nieto Rubén, con los hermanos Héctor y Borja y la novia de éste, detrás, en su domicilio de Pola de Lena. :: JESÚS MANUEL PARDO

Miguel Marcos Madera 'Míchel' ejemplifica el renacer de Mareo con su mediático desembarco en la Premier. El centrocampista lenense, que ha dejado huérfano el '8' del vestuario rojiblanco, se marcha de Gijón por la puerta grande, como los grandes toreros, taponando varios agujeros en las arcas del club y después de eclosionar en su segundo año en Primera, donde ha mostrado su mejor repertorio a un sector de El Molinón que nunca creyó en su fútbol, en su particular trote, pero que ha terminado por rendirse a sus pies y por poner el grito en el cielo cuando el Sporting, en la invernal tarde del jueves, hizo oficial su marcha.

Ese día se cerró un gran episodio de la biografía de Míchel, quien escribió la primera página en su Pola de Lena natal, donde, pese a la ostentosidad que se impone en la vida de muchos futbolistas de élite, mantuvo su residencia hasta marcharse a Birmingham. Allí vive su familia, con sus dos hermanos, y su novia de toda la vida, Mayra.

Su padre, Miguel Marcos Pérez, que alguna vez presencia el entrenamiento del primer equipo en Mareo desde un segundo plano, es jefe de taller de electromedicina del Hospital Central de Asturias, pero lleva el fútbol en la sangre. Y tuvo mucho que ver en que el pequeño Míchel se quedara prendado del balón desde muy temprana edad, destrozara playeros a pares por las calles de Pola de Lena, para desgracia de Rosa Mari, su madre, y llegara con las rodillas magulladas, producto de alguna desafortunada entrada. «Siempre ha sido un ganador nato», comenta.

Miguel, hijo de minero, fue un prometedor defensa central que jugó en el Lenense, en Primera Regional, pero con edad juvenil -«jugaba con otra ficha», confiesa-, hace muchos años. «Me parecía un poco a Míchel, pero dicen que tenía más mala leche», recuerda el padre del futbolista entre risas.

No pudo prosperar mucho en su trayectoria porque las necesidades de la época se imponían a los sueños. Y a los 18 años, pese a que El Pelayo -hoy en día Gijón Industrial- trató de incorporarlo a sus filas, colgó las botas como si ya fuera un veterano: «En aquella época había que ponerse a trabajar muy joven, así que tuve que dejarlo y empecé en la Escuela de Maestría a trabajar y estudiar».

El padre de Míchel no pudo cumplir su sueño, que se esfumó con la exigencia del día a día y de la vida laboral, así que lo intentó con su primer hijo, Héctor, quien tenía una habilidad innata para el balompié y apuntaba alto desde pequeño. «Era muy bueno y lo fichó el Sporting, pero no tuvo mucha suerte y estuvo allí hasta juveniles», lamenta Miguel.

Héctor, que ahora tiene 36 años y que ha hecho tío al centrocampista -tiene un hijo llamado Rubén-, perteneció a la generación de Castaño, Caco Morán, Míner y Rogelio, entre otros, pero se quedó en el camino. Después de salir de Mareo, vistió la camiseta del Lenense, como su padre.

Lo de Borja, el hermano mediano, era, según confiesa el cabeza de familia, «el baloncesto». Pero eso no fue óbice para seguir con la tradición familiar, aunque fuera por unas semanas, de forma esporádica, en una pretemporada con El Pilar. Pero se desencantó en diez minutos: «Llevaba poco tiempo entrenando, pero le llevaron a jugar un partido y le sacaron cuando quedaba poco para el final. Un chaval muy hábil del otro equipo le trató de driblar, pero Borja le metió un 'viaje' y el delantero cayó al suelo. Pensó que le había hecho mucho daño, le pidió perdón y, más tarde, en el coche, me dijo: 'Papá, esto no es lo mío'».

Pero con Míchel fue distinto. Su relación con el balón fue más profunda y duradera hasta el punto de que la convirtió en su profesión durante sus últimos años en Mareo. En El Pilar, en fútbol sala, lució su primer uniforme como futbolista y comenzó su educación deportiva, pero el Oviedo le echó el guante pronto, durante un torneo disputado en Pumarín, Gijón, del que salió proclamado como mejor jugador.

El olfato de los ojeadores del Sporting también se detuvo en el hijo pequeño de Miguel Marcos, pero el desplazamiento hasta la capital, donde estuvo hasta edad juvenil, ofrecía menos complicaciones para un niño, aunque al final, ironías del destino, terminaría haciéndose un hombre y un nombre como rojiblanco.

De sus inicios en el conjunto azul, contrariamente a lo que se pueda pensar, su padre asegura que «era uno más y no destacaba mucho porque había chavales muy buenos». Era, por aquel entonces, cuando los viajes hasta la capital los hacía en autocar, que servía como punto improvisado para saborear la merienda que su madre Rosa Mari, quien tiene previsto trasladarse a Birmingham junto a su marido durante los primeros meses de adaptación de Míchel a Inglaterra, le acercaba hasta la parada. Era el principio de un sueño. '

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